(El País, 02-09-2026) | Mercantil, civil y administrativo

El encarecimiento de la energía, en un escenario geopolítico que lejos de apuntar a una solución amenaza con prolongar la guerra en Oriente Próximo, vuelve a ejercer presión sobre la inflación de la eurozona. El índice de precios aumentó hasta el 3,3% en agosto, desde el 2,9% registrado en julio, de acuerdo con la primera estimación publicada este martes por Eurostat. Con este nuevo repunte, la inflación acumula ya seis meses consecutivos por encima del objetivo del 2% establecido a medio plazo por el Banco Central Europeo (BCE). Febrero fue el último mes en el que se situó por debajo de ese umbral, antes de que el estallido de la guerra entre Estados Unidos e Irán y el posterior bloqueo del estrecho de Ormuz dispararan los costes energéticos. Desde entonces, el aumento de los precios de la energía ha seguido trasladándose al coste de vida.

El petróleo y el gas vuelven a explicar buena parte de este incremento. Según los datos de la oficina estadística comunitaria, si la estimación inicial se confirma, los precios de la energía habrían aumentado un 14,3% interanual en agosto, lo que supondría su mayor subida del año y un fuerte acelerón frente al incremento del 10,3% registrado en julio. La evolución del resto de componentes resulta mucho más contenida. Los servicios encarecieron sus precios un 3%, mientras que los alimentos y los bienes industriales no energéticos registraron aumentos del 1,2%.

La escalada de los precios está estrechamente vinculada a las dificultades de suministro provocadas por el prolongado cierre del estrecho de Ormuz, una ruta estratégica por la que antes del conflicto transitaba alrededor del 20% de los hidrocarburos y fertilizantes utilizados en todo el mundo. Durante los seis meses de guerra, la interrupción de esta vía marítima ha añadido una notable presión al mercado petrolero. El Brent, referencia para Europa, llegó a superar los 100 dólares por barril en julio y actualmente continúa por encima de los 90 dólares después de la reanudación de los enfrentamientos entre Estados Unidos e Irán. A ello se suma que la producción de Oriente Próximo se encontraba en julio 8,3 millones de barriles diarios por debajo de los niveles anteriores a la guerra y que las reservas mundiales observadas se han reducido en 410 millones de barriles desde el inicio del conflicto, según los últimos datos de la Agencia Internacional de la Energía.

El repunte de los precios se produce además cuando el BCE se prepara para elevar por segunda vez este año los tipos de interés. La reunión que la institución celebrará la próxima semana apunta a una nueva subida de un cuarto de punto, hasta el 2,5%, después del incremento aplicado en junio, el primero en casi tres años. Con esta estrategia, el organismo pretende frenar la presión inflacionista derivada de la crisis energética y evitar que el aumento de los costes termine extendiéndose al conjunto de la economía.

La presidenta del BCE, Christine Lagarde, ha advertido en varias ocasiones de que una prolongación de la guerra en Oriente Próximo podría mantener la inflación en niveles elevados durante más tiempo de lo previsto y obligar a la institución a adoptar nuevas medidas. Los mercados ya dan prácticamente por descontada la subida de septiembre y comienzan a contemplar nuevos incrementos si continúan los problemas de suministro. No obstante, los primeros datos de Eurostat ofrecen también un elemento de alivio, ya que las presiones inflacionistas subyacentes siguen siendo relativamente moderadas. Al excluir la energía y los alimentos frescos, los precios aumentaron un 2,1%, lo que indica que, por ahora, el encarecimiento energético no está generando efectos de segunda ronda suficientemente intensos como para provocar una espiral inflacionista y forzar al BCE a endurecer todavía más su política monetaria.

La crisis energética también está teniendo consecuencias sobre el comercio exterior europeo. El encarecimiento de los hidrocarburos llevó a la Unión Europea a registrar en el segundo trimestre un déficit comercial de 21.800 millones de euros, el primero de los Veintisiete desde el mismo periodo de 2023. Al mismo tiempo, la incertidumbre económica y geopolítica está llevando a los hogares europeos a adoptar una posición más conservadora y aumentar sus reservas de ahorro. La tasa de ahorro de las familias de la eurozona supera ya el 14%, según Eurostat.

España se encuentra entre los países de la eurozona donde la presión sobre los precios es mayor. La inflación armonizada, utilizada por Eurostat para comparar la evolución de los precios entre los distintos Estados miembros, alcanzó el 4,5% en agosto, frente al 3,9% de julio. Con esta tasa, España se sitúa como la cuarta economía de la eurozona con mayor inflación, únicamente por detrás de Lituania, Chipre y Bulgaria.

El comportamiento de las principales economías europeas es considerablemente más moderado. Alemania registró en agosto una tasa del 2,9%, apenas una décima superior a la del mes anterior, mientras que Francia cerró el mes con una inflación del 2,7%. Italia y Portugal, dos de los países que habitualmente sirven de referencia para comparar la evolución de la economía española, también presentan incrementos de precios inferiores, aunque en ambos casos superan el 3%.

En España, el dato del Instituto Nacional de Estadística situó el IPC de agosto en el 4,3%, ligeramente por debajo de la tasa armonizada calculada por Eurostat. El resultado supone un incremento de siete décimas respecto a julio y sitúa la inflación en su nivel más elevado desde febrero de 2023. Parte de esta aceleración estaría relacionada con las medidas adoptadas por el Gobierno para amortiguar el impacto de la crisis energética, que habrían retrasado la repercusión de determinados costes sobre el índice general. De este modo, una parte de la inflación que no se había trasladado a los precios en los meses anteriores estaría aflorando ahora.

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