(El Economista, 21-01-2026) | Laboral
La intensa creación de empleo registrada en los últimos años ha permitido a España integrar con relativa eficacia a los cientos de miles de inmigrantes que llegan anualmente, algo que no ha sucedido en países como Finlandia o Suecia, donde la llegada de población extranjera se ha traducido en un aumento persistente del desempleo. La crítica habitual al modelo español es que gran parte de ese empleo es inestable, poco productivo y de baja calidad. Y aunque los datos agregados parecen respaldar esa idea -con una elevada concentración del nuevo empleo en sectores como la hostelería, el turismo o el comercio-, un análisis más detallado revela que, en términos relativos, empiezan a despuntar actividades más avanzadas. Estos sectores emergentes han despertado el interés de los analistas y podrían explicar, al menos en parte, el reciente y sorprendente repunte de la productividad total de los factores.
Desde la pandemia, y por primera vez en décadas, la economía española está logrando combinar una fuerte creación de empleo con un aumento de la productividad, aunque este último sea todavía moderado. Tradicionalmente, el patrón había sido justo el contrario. En fases de expansión, el empleo crecía con fuerza, pero la productividad se estancaba o incluso caía, como ocurrió entre 1999 y 2007, o apenas avanzaba, como entre 2014 y 2019. En cambio, durante las crisis, el mercado laboral destruía millones de puestos de trabajo -más rápido que la caída de la actividad- y la productividad repuntaba de manera artificial, ya que un número mucho menor de trabajadores generaba un PIB solo ligeramente inferior. Este comportamiento contrastaba con el de economías como la alemana.
Aunque resulte paradójico, este era el funcionamiento habitual del modelo español: la productividad mejoraba en las recesiones y se deterioraba en las expansiones. La causa principal residía en una asignación de recursos muy concentrada en sectores de escaso valor añadido, intensivos en mano de obra, con elevados niveles de temporalidad, precariedad y baja cualificación. Hoy, pese a que muchos de estos problemas persisten, comienzan a percibirse señales de un cambio incipiente en el mercado laboral. La incógnita es si esta transformación logrará consolidarse o si se desvanecerá con la próxima crisis.
Entre 1999 y 2008, España vivió un potente ciclo de crecimiento impulsado por la entrada en el euro, la abundancia de crédito a bajo coste y una normativa favorable a la inversión inmobiliaria. Ese contexto generó un fuerte aumento del empleo, pero el estallido de la burbuja financiera internacional y de la burbuja inmobiliaria nacional tuvo efectos devastadores. El mercado laboral español fue el que más empleo destruyó entre los países de su entorno. En apenas dos años, el país pasó de liderar el crecimiento a caer a posiciones muy rezagadas, en un brusco cambio de ciclo que aún pesa en la memoria colectiva.
Este riesgo de vaivenes extremos, el llamado "efecto yo-yo", sigue siendo una de las grandes preocupaciones de los analistas. En un contexto de incertidumbre geopolítica y estancamiento de las principales economías del euro, como Alemania y Francia, España parece haber tomado ventaja en el ritmo de crecimiento. Incluso ha dejado de encabezar el ranking de mayor tasa de paro, posición que ahora ocupa Finlandia.
Tras la pandemia, no faltaron quienes atribuyeron este comportamiento a un simple rebote económico, impulsado por los fondos europeos, que se agotaría cuando cesara ese apoyo. Sin embargo, con el paso del tiempo, el consenso entre los expertos se ha ido desplazando hacia una visión más optimista, respaldada por los datos disponibles.
Un ejemplo claro lo ofrece uno de los estudios más exhaustivos sobre productividad. Después de décadas de estancamiento, la productividad total de los factores ha crecido a un ritmo anual del 1,4% desde 2020, frente al estancamiento de la UE en su conjunto y los retrocesos registrados en países como Alemania y Francia. Este avance ha reforzado su aportación al crecimiento del PIB español. Este indicador, el más amplio para medir la productividad, parece estar reaccionando al aumento de márgenes en sectores clave y al mayor peso del empleo en actividades de mayor valor añadido.
Estas conclusiones se recogen en el último informe del Observatorio de Productividad y Competitividad en España, elaborado por la Fundación BBVA y el Ivie. Según sus autores, las perturbaciones globales de los últimos años están teniendo, por ahora, un impacto limitado en la trayectoria española, que crece por encima de la media europea desde 2020. Este desempeño se sustenta en un cambio en el patrón de crecimiento, cada vez más apoyado en la eficiencia productiva y no solo en la acumulación de empleo y capital, sino también en un uso más eficaz de ambos factores.
Este diagnóstico coincide con un estudio previo de la Fundación BBVA sobre los condicionantes tecnológicos y empresariales de la productividad en España, que ya señalaba este giro incipiente. Aunque todavía es un cambio modesto, apunta en la dirección de una transformación más profunda del modelo económico. El informe subraya que, pese a las dudas sobre su solidez y duración, la economía española lleva varios años creciendo de forma distinta a etapas anteriores, apoyándose en un empleo más estable, mejoras en la productividad del trabajo y del capital, un mayor aprovechamiento de la capacidad instalada y una difusión más amplia de este patrón de crecimiento entre sectores, regiones y empresas.