(El País, 30-04-2026) | Mercantil, civil y administrativo
La evolución de la longevidad ha desajustado la relación entre el ciclo vital y el económico. Vivir más años está cambiando la forma en que se transmite la riqueza entre generaciones en España. Durante mucho tiempo, las herencias funcionaban como un impulso temprano para los más jóvenes, pero el aumento de la esperanza de vida, impulsado por mejoras sanitarias y de calidad de vida, ha retrasado ese momento, afectando especialmente a quienes cuentan con menos recursos.
En los años setenta, la edad media para recibir una primera herencia rondaba los 35 años. Hoy, esa cifra se sitúa cerca de los 55. Este retraso de dos décadas, aunque refleja un avance social positivo, también está contribuyendo a ampliar las desigualdades. Según estimaciones de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea), cada año adicional de espera reduce en torno a un 2% la riqueza neta del hogar que podría beneficiarse.
Un estudio reciente elaborado por los economistas Ignacio Conde-Ruiz y Francisco García-Rodríguez analiza este fenómeno y concluye que no solo importa que las herencias lleguen más tarde, sino también el coste de no haberlas recibido antes. Esa demora limita la capacidad de ahorro y de acumulación de patrimonio en muchas familias.
Recibir una herencia en etapas más tempranas de la vida facilita, por ejemplo, el acceso a la vivienda o el inicio de un negocio. También incrementa la probabilidad de formar familias más numerosas, lo que sugiere que este retraso puede influir indirectamente en la baja natalidad.
El impacto de las herencias no es igual para todos. En los hogares con menos recursos, una herencia puede multiplicar varias veces su patrimonio, mientras que en los más acomodados representa una parte mucho menor, ya que disponen de otros activos. Esto implica que el retraso perjudica más a quienes dependen en mayor medida de estas transferencias para mejorar su situación económica.
A estas diferencias se suma el desigual reparto de las herencias. En España, la mitad de la población con menos riqueza recibe poco más de una cuarta parte del total heredado, mientras que el 10% más rico concentra más de un tercio.
Sin embargo, no todas las familias están igualmente expuestas a este retraso. Los hogares con mayor capacidad económica suelen anticipar la transmisión de patrimonio mediante donaciones en vida. Estas transferencias permiten a sus descendientes acceder antes a recursos clave, como la vivienda o la financiación, actuando como una especie de herencia adelantada.
En cambio, las familias con menos recursos suelen depender del fallecimiento de sus progenitores para recibir patrimonio, que en muchos casos se limita a la vivienda. Además, las donaciones también están desigualmente distribuidas: los hogares más ricos concentran una parte muy significativa de ellas, mientras que los más pobres apenas reciben una pequeña fracción.
El efecto de estas donaciones también varía según el nivel económico. Para los hogares con menos recursos, representan una proporción muy elevada de su patrimonio total, mientras que en los más acomodados su peso es mucho menor.
La desigualdad no solo se refleja en el impacto de estas transferencias, sino también en la probabilidad de acceder a ellas. Las familias con menos recursos tienen muchas menos opciones de recibir donaciones o herencias, mientras que en los grupos más ricos es mucho más frecuente beneficiarse de ambos tipos de transmisión a lo largo de la vida.