(Cinco Días, 13-04-2026) | Mercantil, civil y administrativo
Las expectativas de que los mercados continúen con su recuperación empiezan a debilitarse. Poco después de que Estados Unidos e Irán dieran por suspendidas sus conversaciones por falta de acuerdo, el presidente estadounidense, Donald Trump, volvió a sorprender con uno de sus anuncios inesperados: aseguró que impedirá el paso de cualquier buque que intente atravesar el estrecho de Ormuz.
El fin de las negociaciones amenaza con generar nuevas turbulencias en los mercados y aumentar el interés por activos considerados seguros. Tras el breve alivio que supuso el alto el fuego del miércoles, el precio del petróleo vuelve a tensionarse. Después de caer un 12,7% en la semana, el barril de brent -referencia en Europa- repunta más de un 7% al inicio de la sesión y vuelve a situarse en torno a los 100 dólares, lo que enfría la posibilidad de que las bolsas regresen rápidamente a los niveles previos al conflicto.
Al cierre del viernes, el Ibex 35 se encontraba aproximadamente un 1,5% por debajo de esos niveles, mientras que el S&P 500 apenas registraba una diferencia cercana al 1%. A pesar del respiro reciente, el petróleo sigue cotizando alrededor de un 30% por encima de los precios anteriores a la guerra, lo que mantiene la presión inflacionista y supone un riesgo para el crecimiento económico. La directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, ya ha advertido de que no se producirá un retorno sencillo a la situación anterior, y el organismo publicará próximamente nuevas previsiones que incorporarán el impacto del conflicto.
Aunque el tráfico en el estrecho de Ormuz aún no había recuperado completamente su actividad habitual, Irán permitía el paso de barcos a cambio de importantes tarifas, favoreciendo especialmente a países aliados como China. Al mismo tiempo, Estados Unidos había tolerado ciertas exportaciones de crudo iraní e incluso suavizado sanciones para evitar tensiones mayores. Una ruptura de este frágil equilibrio podría afectar gravemente al mercado energético, reavivar los temores a problemas de suministro y elevar también el precio del gas, intensificando de nuevo la inflación.
En las últimas semanas, los inversores han comprobado cómo la evolución de las bolsas, la deuda y las divisas depende en gran medida del comportamiento del petróleo: cuando el crudo sube con fuerza, los mercados financieros tienden a caer, y cuando baja, recuperan algo de estabilidad.
Aunque hacer previsiones sigue siendo complicado, tanto los analistas como la reciente evolución de los mercados apuntaban a que, tarde o temprano, podría alcanzarse algún tipo de acuerdo. Por ello, los gestores recomiendan prudencia y evitar reaccionar de forma impulsiva ante los titulares. Según expertos de Macroyield, Estados Unidos mantiene incentivos importantes para cerrar un acuerdo.
Trump, que durante el mandato de Joe Biden criticó el aumento de la inflación, se enfrenta ahora al encarecimiento de los combustibles. Aunque el país es exportador neto de energía, no está exento de los efectos de las tensiones en la oferta. De hecho, el impacto del conflicto ya empieza a notarse en la economía: en marzo, la inflación interanual subió al 3,3%, su nivel más alto en dos años, aunque la inflación subyacente creció menos de lo previsto.
Los analistas advierten de que el aumento de precios afecta especialmente a los consumidores estadounidenses y podría tener consecuencias políticas para Trump, cuya popularidad podría verse resentida en un contexto marcado por las próximas elecciones de mitad de mandato y por ciertas tensiones dentro de su propia base de apoyo. El principal riesgo es que una inflación persistente obligue a los hogares a reducir el consumo y a las empresas a frenar sus inversiones, lo que derivaría en un menor crecimiento económico y peores resultados empresariales, un escenario negativo para los mercados bursátiles.
Una caída del precio del petróleo se consideraba clave para consolidar la recuperación, como ocurrió anteriormente tras una tregua comercial que impulsó las bolsas globales. Sin embargo, la experiencia reciente indica que los inversores ajustarán rápidamente sus posiciones en función de la credibilidad de las nuevas amenazas. Si estas se perciben como reales, podría producirse una caída en la renta variable y un aumento en la rentabilidad de la deuda, impulsados por mayores expectativas de inflación y tipos de interés.
Por ahora, algunos analistas, como los de ING, consideran que la Reserva Federal no tendría motivos inmediatos para modificar los tipos de interés, confiando en que la inflación sea temporal, dado el menor dinamismo de la demanda y la menor capacidad de las empresas para trasladar subidas de precios en comparación con 2022.