(Cinco Días, 26-03-2026) | Mercantil, civil y administrativo
El estrecho de Ormuz no funciona como una puerta que se abre y se cierra sin dificultad. Más bien, este enclave clave -hoy en el centro de la tensión energética global- se comporta como un conducto que, una vez bloqueado, resulta muy complejo de volver a poner en marcha con normalidad. El tránsito marítimo se detuvo de forma inmediata tras los ataques de Estados Unidos e Israel sobre Irán, cuando navieras y aseguradoras anticiparon el riesgo incluso antes de posibles represalias iraníes. Sin embargo, su reapertura será progresiva y complicada, incluso en los escenarios más favorables. Aunque el conflicto finalizara de forma inmediata, el restablecimiento del suministro petrolero a niveles mínimos de normalidad requerirá meses.
Reactivar las instalaciones detenidas, reparar aquellas dañadas y reorganizar el tráfico de cerca de 2.000 buques retenidos en el golfo Pérsico no será un proceso rápido. Además, el precio del petróleo y del gas seguirá incorporando una prima de riesgo derivada de un shock sin precedentes recientes. La recuperación completa del sector no se medirá en meses, sino en años. De hecho, Qatar ya ha invocado causa de fuerza mayor para incumplir contratos de suministro a largo plazo con países como China, Corea del Sur, Italia y Bélgica durante un periodo de cinco años.
Según explica Jorge León, de Rystad Energy, incluso si el estrecho reabriera de inmediato, serían necesarios entre tres y cinco meses para recuperar cierta estabilidad en la oferta de crudo. La Agencia Internacional de la Energía ha calificado esta situación como la mayor amenaza registrada para la seguridad energética global. En apenas tres semanas, el precio del Brent ha subido un 45% y el del gas natural un 70%. La reapertura de Ormuz es, por tanto, una prioridad para la economía mundial, especialmente para Estados Unidos, donde el encarecimiento de los combustibles ya impacta directamente en el consumo y en el contexto político interno.
El proceso de normalización presenta múltiples obstáculos. Primero, será necesario reactivar la producción en instalaciones paralizadas; después, reparar infraestructuras dañadas, como la planta de gas de Ras Laffan en Qatar; y, finalmente, descongestionar el tráfico marítimo acumulado. La magnitud del daño es considerable: más de 40 infraestructuras energéticas en nueve países han sufrido deterioros graves. Solo la afectación de Ras Laffan implica una pérdida equivalente a 12,8 millones de toneladas anuales, cerca del 17% de su capacidad exportadora y alrededor del 3% de la producción mundial. Además, el impacto a largo plazo ya es evidente, y la consultora Vortexa advierte de que se ha pasado de un problema logístico a una pérdida estructural de suministro que se prolongará durante años. A esto se suma el retraso en proyectos de expansión, que reducirá el crecimiento previsto de la capacidad global de gas natural licuado en 2028.
En el caso del petróleo, la actividad en el estrecho se ha reducido prácticamente a mínimos, con apenas dos petroleros diarios en la última semana. El flujo de crudo ha caído un 98%, mientras que países productores como Arabia Saudí, Kuwait, Irak o Emiratos Árabes han visto limitada su capacidad al quedarse sin almacenamiento disponible. Goldman Sachs señala que el volumen de petróleo acumulado en buques retenidos ha aumentado en 74 millones de barriles desde finales de febrero, lo que sugiere que se está alcanzando el límite de almacenamiento flotante.
Cuando el estrecho vuelva a operar, el petróleo ya cargado en estos buques será el primero en salir al mercado, mientras se reactivan las cadenas de producción. Cada petrolero de gran capacidad puede transportar entre dos y cuatro millones de barriles, con un valor aproximado de hasta 400 millones de dólares. Sin embargo, la salida no será inmediata, ya que el tráfico acumulado provocará importantes congestiones. Actualmente, unos 2.000 barcos y alrededor de 20.000 marineros permanecen bloqueados en la zona.
La reanudación del tránsito exigirá una coordinación precisa del tráfico marítimo, similar a la que existe en el transporte aéreo. En el caso de Ormuz, esta gestión corresponde a Irán y Omán. La complejidad es elevada si se compara con otros puntos estratégicos como el estrecho de Gibraltar, donde circulan unos 300 barcos diarios bajo sistemas de control coordinados por España y Marruecos.
Incluso tras el fin del conflicto, la normalización de la producción energética podría tardar entre uno y dos meses adicionales, según Edmond de Rothschild AM, lo que apunta a perturbaciones prolongadas en la oferta. Aunque la producción se recupere gradualmente, los daños estructurales y la incertidumbre geopolítica impedirán un retorno inmediato a los niveles de precios previos. El petróleo seguirá incorporando una prima de riesgo que, aunque se modere con el tiempo, no desaparecerá completamente.
Esta crisis, considerada ya la mayor interrupción de suministro de petróleo registrada, ha puesto de manifiesto la fragilidad de las infraestructuras energéticas en Oriente Próximo y la elevada dependencia global de esta región. En este contexto, se espera que las autoridades refuercen las reservas estratégicas y que los mercados integren de forma permanente un componente de seguridad en los precios energéticos a largo plazo.