(El País, 02-02-2026) | Mercantil, civil y administrativo
Los aranceles suelen ser descritos por muchos economistas críticos como un impuesto que un país acaba imponiéndose a sí mismo, con efectos similares a los de la inflación. La ofensiva arancelaria impulsada por Donald Trump en abril de 2025, el denominado "Día de la Liberación", ha confirmado en buena medida esa idea. Diversos estudios sobre su impacto a lo largo de 2025, así como los análisis del Fondo Monetario Internacional, coinciden en que el coste de los gravámenes sobre las importaciones ha recaído mayoritariamente en Estados Unidos, ya sea a través de una reducción de los márgenes de las empresas que comercializan esos productos o mediante un encarecimiento de los precios finales para los consumidores. No obstante, los efectos indirectos o a medio plazo todavía podrían manifestarse.
En aquel anuncio solemne desde la Casa Blanca, Trump proclamó que el 2 de abril de 2025 pasaría a la historia como el día en que la industria estadounidense renacía y el país recuperaba su destino económico. Sin embargo, gran parte de esas promesas no se materializaron. Las tarifas anunciadas, exhibidas en dos grandes paneles, terminaron siendo rebajadas o directamente suspendidas, en buena medida por la reacción negativa de los mercados financieros. La venta masiva de deuda pública estadounidense elevó los rendimientos de los bonos y encareció la financiación de una deuda ya muy abultada.
Este factor explica en parte por qué el impacto de los aranceles estadounidenses -que aun así alcanzaron niveles no vistos desde 1932- no provocó el terremoto económico global que muchos anticipaban. En aquel momento, Trump anunció un arancel mínimo del 10%, con incrementos para los países con los que Estados Unidos mantenía mayores déficits comerciales. Para la Unión Europea, por ejemplo, la tasa prevista era del 20%. Tras meses de negociaciones, Washington y Bruselas cerraron en verano un acuerdo que fijó un arancel del 15% para la mayoría de productos europeos, dejando fuera sectores como el aeronáutico y determinados productos químicos y agrícolas. A ello se sumó la capacidad de adaptación de las empresas, que ajustaron sus cadenas de suministro para reducir el impacto. Un estudio del Center for Economic Policy Research publicado en enero muestra que entre abril y agosto se aceleró el desvío del comercio exterior estadounidense hacia otros socios, especialmente México y Canadá, según los datos de importaciones del US Census Bureau.
Este reajuste del comercio internacional coincide con la evaluación del FMI. El arancel medio efectivo terminó situándose en el 18,5%, por debajo de las previsiones iniciales, mientras que el sector privado reconfiguró sus cadenas de suministro y el comercio mundial continuó mostrando fortaleza. El economista jefe del Fondo, Pierre-Olivier Gourinchas, señaló recientemente que los datos evidencian que el coste de los aranceles lo ha asumido Estados Unidos y que, en la práctica, funcionan como un impuesto interno.
Otros estudios refuerzan esta conclusión. El instituto alemán Kiel Institute estima que los importadores estadounidenses absorbieron el 96% del coste de los aranceles, frente al 4% asumido por los exportadores extranjeros. Este análisis se basa en el seguimiento de 25 millones de operaciones comerciales por valor de cuatro billones de dólares entre abril y agosto, y calcula que los ingresos aduaneros aumentaron en unos 200.000 millones de dólares en 2025, sufragados casi íntegramente por agentes estadounidenses.
Un trabajo elaborado por economistas de Harvard y de la Universidad de Chicago subraya la diferencia entre los aranceles anunciados y los finalmente aplicados, en gran parte debido a las exenciones introducidas por Washington, como en el caso de los semiconductores. El estudio concluye que alrededor del 94% del coste de los aranceles recayó sobre empresas estadounidenses, un porcentaje superior al observado durante la guerra comercial con China en 2018 y 2019, cuando fue del 80%. China ilustra bien la reorientación del comercio: su peso en las exportaciones estadounidenses pasó del 22% a finales de 2017 al 12% en 2024 y al 8% en septiembre de 2025.
Pese a las distorsiones comerciales, la economía mundial ha seguido avanzando. Políticas fiscales y monetarias claramente expansivas, junto con la inversión tecnológica, han permitido mantener un crecimiento global cercano al 3%. Estados Unidos, impulsado especialmente por el auge de la inteligencia artificial, se perfila además como una de las economías más dinámicas de cara a 2026.
Miguel Otero, investigador principal de Economía Política Internacional del Real Instituto Elcano, advierte de que los efectos de este tipo de medidas tardan en trasladarse plenamente a la economía real. Señala que a corto plazo el impacto puede ser limitado, como ocurrió con el Brexit, pero que las consecuencias sobre la inversión y la confianza son evidentes, en un contexto de elevada incertidumbre y sin que se haya producido la reindustrialización prometida.
El desenlace de esta política arancelaria aún no está cerrado. Las tarifas se encuentran ahora bajo revisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos, que debe decidir si la Administración Trump podía ampararse en la Ley de Emergencia de 1977 para imponerlas. Se trata de una decisión de gran calado para la economía del país. A corto plazo, la reacción de los mercados ya es conocida, pero el consenso entre los economistas llama a la cautela: los aranceles han supuesto un freno que ha sido compensado por otros factores y cuyos efectos a medio plazo todavía están por materializarse.