(El Periódico, 16-03-2026) | Mercantil, civil y administrativo
La inflación se mantuvo sin cambios en febrero en el 2,3% interanual, según confirmó este viernes el Instituto Nacional de Estadística (INE), que ratificó así el dato provisional publicado a finales del mes pasado. De este modo, el índice de precios al consumo (IPC) repite el mismo nivel registrado en enero y apunta, al menos de momento, a una etapa de cierta estabilidad tras las fluctuaciones que se produjeron durante 2025. No obstante, la interpretación de este dato ya está condicionada por el nuevo contexto internacional. El conflicto iniciado en Oriente Próximo tras el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán y la consiguiente subida de los precios de la energía podrían modificar rápidamente la evolución de la inflación. Varios analistas advierten de que las cifras de febrero reflejan una situación económica previa a este nuevo shock energético y podrían quedar pronto desactualizadas.
Durante el segundo mes del año, la contención de los precios se debió principalmente al abaratamiento de la electricidad, que compensó el aumento de algunos servicios habituales de consumo, como la restauración, así como la subida de determinados alimentos. Este equilibrio entre factores que empujaban al alza y a la baja permitió que el índice general se mantuviera prácticamente estable. Por su parte, la inflación subyacente -que excluye la energía y los alimentos no elaborados por su volatilidad- se situó en el 2,7%, una décima más que en enero. Este indicador, considerado una referencia para medir la tendencia más estructural de los precios, sigue mostrando ciertas presiones en servicios y bienes relacionados con la actividad económica.
La evolución del IPC en febrero refleja precisamente ese juego de fuerzas opuestas. Por un lado, los precios energéticos contribuyeron a moderar el índice, especialmente la electricidad. Por otro, el encarecimiento de algunos servicios y productos alimentarios ejerció presión al alza. Entre ellos destaca la restauración, cuyos precios aumentaron un 4,8% en comparación con el mismo mes del año anterior, mientras que el conjunto de los alimentos registró una subida del 3,2%.
Entre los incrementos más destacados figura el de la recogida de basuras, que se encareció un 28,6% coincidiendo con la entrada en vigor de un nuevo sistema de tasas que obliga a los contribuyentes a asumir el coste real de la gestión de los residuos. También subieron con fuerza los precios de la joyería y los relojes de pulsera, que aumentaron un 27,5% debido al encarecimiento del oro. En el sector del transporte, el tren experimentó una subida cercana al 14% respecto al año anterior.
En lo que respecta a los alimentos, el producto que más se ha encarecido en comparación con febrero de 2025 es el café y sus derivados, con un aumento del 8,3%. Le siguen los productos lácteos y los huevos (6%), las frutas (5,9%) y la carne (5,4%). En sentido contrario, los aceites y grasas han registrado una notable bajada del 13,1%. Si se analizan los productos de forma individual, los huevos destacan como el alimento que más se ha encarecido, con una subida del 30% en un año, mientras que el aceite de oliva se ha abaratado cerca de un 17%.
Aunque la inflación se mantiene dentro del objetivo marcado por el Banco Central Europeo, el Ministerio de Economía ha evitado interpretar este dato como una señal definitiva de estabilidad. La prudencia responde al cambio de escenario provocado por la guerra en Oriente Próximo y por el repunte del precio del petróleo en los mercados internacionales, con el barril de Brent superando los 100 dólares. Ante esta situación, el Gobierno ha adelantado esta semana un paquete de medidas fiscales orientadas especialmente a los sectores del campo y el transporte para mitigar el impacto del encarecimiento energético.
La cautela del Ejecutivo coincide con el análisis de numerosos expertos. Muchos consideran que la aparente estabilidad de febrero corresponde a una etapa previa al actual aumento de los precios de la energía. Por ello, la atención se centra ahora en los datos de marzo, que permitirán observar con mayor claridad el impacto del conflicto en Oriente Próximo. Miguel Cardoso, economista jefe de BBVA Research, señala que la previsión provisional de una inflación del 3,1% para ese mes podría convertirse en el nivel mínimo, tras el fuerte aumento del precio de los carburantes en las últimas semanas.
Según explica, el encarecimiento de los combustibles tiene un efecto casi inmediato en el IPC debido a su peso dentro de la cesta de consumo. Otros efectos derivados del aumento de los costes energéticos podrían tardar algo más en trasladarse al consumidor final. Entre ellos se encuentran el precio de la electricidad o el de los alimentos, especialmente aquellos cuya producción depende en gran medida de fertilizantes, cuyo coste está estrechamente vinculado a la energía.
Un diagnóstico parecido comparten el economista jefe para Europa de Oxford Economics, Ángel Talavera, y Raymond Torres, director de Coyuntura de Funcas. Torres advierte de que el aumento del coste de la energía ya empieza a trasladarse al conjunto de la economía. En particular, señala la evolución de los alimentos frescos, que ya partían de tasas superiores al 6% y que, según sus estimaciones, podrían superar el 7% interanual en marzo. "Esto podría situar la inflación por encima del 3%, probablemente entre el 3% y el 3,5%", apunta.
Más allá de un posible repunte puntual, los economistas centran su atención en la duración del fenómeno inflacionario. Torres destaca que la economía actual es más sensible a las variaciones de precios que hace cuatro años, cuando la guerra en Ucrania coincidió con la reapertura de las economías tras la pandemia y con importantes problemas en las cadenas de suministro globales.
En su opinión, Europa afronta ahora una situación económica más frágil. Aunque España continúa creciendo a un ritmo relativamente sólido en comparación con otros países europeos, algunos indicadores comienzan a mostrar signos de moderación. Ese enfriamiento del consumo podría actuar como un freno para la inflación subyacente y evitar, al menos por ahora, que se produzcan los llamados efectos de segunda ronda: un proceso en el que el aumento de los costes se traslada de forma generalizada a salarios y precios, generando una espiral inflacionaria más persistente.