(Expansión, 13-10-2026) | Mercantil, civil y administrativo
Las reservas de gas de Europa se encuentran al 73% de su capacidad, unos 15 puntos porcentuales por debajo de la media de los últimos cinco años. La situación genera preocupación ante la llegada del invierno, especialmente por las dificultades para recibir suministros a través del estrecho de Ormuz. A esta incertidumbre se suma el encarecimiento del combustible: el precio de referencia del gas europeo alcanza los 80,4 euros por megavatio-hora, el doble que en junio y su nivel más alto desde el invierno de 2022.
Desde el inicio de la guerra de Ucrania y la interrupción del suministro ruso, la política energética europea se ha centrado en garantizar las reservas suficientes para afrontar los meses de mayor consumo sin tener que recurrir a cortes de calefacción o interrupciones de la actividad industrial. Para ello, Bruselas estableció como objetivo alcanzar el 90% de almacenamiento antes del 1 de noviembre. Sin embargo, este año la meta parece más difícil de cumplir, ya que los inventarios se encuentran en su nivel más bajo para estas fechas desde 2011. Las temperaturas más frías registradas durante octubre en distintas zonas del continente también están impulsando la demanda, lo que dificulta seguir acumulando reservas.
La preocupación aumenta porque Europa consume habitualmente, entre noviembre y marzo, una cantidad de gas equivalente a aproximadamente la mitad de la capacidad total de sus almacenes. Partir de unos niveles inferiores a los habituales reduce el margen disponible para afrontar episodios de frío intenso. Además, el almacenamiento está distribuido de manera desigual entre los países. Polonia cuenta con reservas equivalentes al 99,1% de su capacidad, seguida de Italia, con el 88,3%; Francia, con el 86,1%, y España, con el 76,3%. En cambio, Alemania, Países Bajos y varios países de Europa oriental apenas superan el 50%, lo que aumenta el riesgo de dificultades de suministro en determinadas regiones.
La distribución desigual del gas almacenado supone un desafío añadido para la seguridad energética europea. Las limitaciones de las infraestructuras dificultan trasladar el combustible desde los países mejor abastecidos hacia aquellos que disponen de menos reservas. En particular, algunos gasoductos que transportaban gas ruso hacia Europa central no están preparados para funcionar en sentido inverso. Por tanto, el volumen conjunto de las reservas no garantiza que todos los Estados miembros puedan cubrir sus necesidades durante el invierno.
El encarecimiento del gas agrava el escenario. El contrato de referencia TTF, negociado en el mercado neerlandés, se sitúa en 80,4 euros por megavatio-hora, aproximadamente el doble que en junio. Si las dificultades de tránsito por el estrecho de Ormuz se prolongan, Europa podría tener que afrontar simultáneamente problemas de abastecimiento y unos costes energéticos más elevados, con consecuencias para los hogares y las empresas.
Ante esta situación, la Comisión Europea ha pedido a los Estados miembros que reduzcan el consumo de gas y electricidad durante el invierno. A finales de septiembre, el comisario europeo de Energía, Dan Jørgensen, advirtió en una carta a los Gobiernos de que los niveles de almacenamiento eran excepcionalmente bajos y alertó de una crisis de precios vinculada a las dificultades de suministro. Bruselas plantea recuperar medidas similares a las aplicadas durante la crisis energética de 2022, cuando el gas llegó a superar los 300 euros por megavatio-hora.
Entre las recomendaciones figuran reducir el consumo eléctrico durante las horas punta, trasladar parte de la demanda a las horas de menor consumo mediante contadores inteligentes y tarifas variables, limitar la calefacción en los edificios públicos, restringir los sistemas de calefacción exterior y apagar durante la noche el alumbrado no esencial. Por el momento, se trata de propuestas dirigidas a los Estados miembros, sin cuotas obligatorias de ahorro ni plazos concretos para cada país.
El Instituto de Economía Energética y Análisis Financiero considera que Europa debería reducir su demanda energética un 7% durante el invierno para afrontar la temporada con mayores garantías. Según este organismo independiente, intentar compensar la falta de reservas mediante importaciones adicionales, en lugar de moderar el consumo, resultaría especialmente costoso, dado que los precios se encuentran muy por encima de los registrados en años anteriores.
El escenario plantea tres riesgos principales. El más grave, aunque menos probable, sería la necesidad de interrumpir el suministro a los consumidores domésticos, incluida la calefacción. Un segundo riesgo, considerado más probable, sería la reducción del consumo industrial, con efectos negativos sobre la producción, el empleo y las exportaciones. En España, Red Eléctrica ya ha recurrido diez veces en lo que va de año a interrupciones del suministro para consumidores industriales acogidos a mecanismos de desconexión, con el objetivo de preservar la estabilidad de la red. El tercer riesgo es que la escasez de reservas y las dificultades de abastecimiento mantengan la presión alcista sobre los precios a medida que avance el invierno.
El encarecimiento de la energía también amenaza la competitividad de la industria europea y puede trasladarse progresivamente al precio de los bienes y servicios. Los bienes industriales no energéticos de la zona euro ya han registrado una aceleración de cuatro décimas entre junio y septiembre, hasta el 11%, una evolución que podría intensificarse si persisten las tensiones energéticas. Esta presión inflacionista añadiría dificultades al Banco Central Europeo, al aumentar el riesgo de nuevas subidas de los tipos de interés, lo que podría frenar la inversión y limitar el crecimiento económico.