(Expansión, 04-02-2026) | Mercantil, civil y administrativo

Mañana tendrá lugar en Fráncfort una nueva cita de política monetaria y todo apunta a que los tipos de interés permanecerán sin cambios. Esta situación se ha vuelto casi habitual, ya que la última modificación del precio del dinero se produjo en junio del año pasado, cuando el Banco Central Europeo (BCE) redujo sus tipos hasta el 2% en un contexto marcado por la escalada de la guerra arancelaria impulsada por Donald Trump.

Desde entonces, el Consejo de Gobierno ha celebrado cuatro reuniones consecutivas en las que, independientemente de la evolución de los indicadores macroeconómicos, ha defendido que la institución se encontraba en una posición sólida para afrontar las incertidumbres y cumplir con su mandato de estabilidad de precios. No obstante, en las últimas semanas han vuelto a aflorar las dudas.

Estas inquietudes resurgieron a comienzos de año ante el aumento de los riesgos geopolíticos, motivados por la intervención de Estados Unidos en Venezuela y por el choque entre Trump y la Unión Europea en torno a Groenlandia. Para los responsables de política monetaria, estos episodios evidencian que, pese a los acuerdos existentes, los conflictos pueden reactivarse de forma repentina.

Por ello, la vigilancia sobre un posible deterioro de las perspectivas de crecimiento y su impacto en la inflación resulta esencial, y la capacidad de reacción debe mantenerse intacta. "Las amenazas arancelarias no son nuevas; ya hemos pasado por esto. Más allá de su efecto directo, lo realmente relevante es el retorno de la incertidumbre", señaló recientemente la presidenta del BCE, Christine Lagarde.

Aunque finalmente la amenaza de nuevos aranceles de Trump a la UE no se materializó, los motivos de preocupación para los banqueros centrales siguen multiplicándose. A la tensión geopolítica se sumó, pocos días después, una acusada depreciación del dólar frente al euro, asociada a una pérdida de confianza en la economía estadounidense, que llevó el tipo de cambio hasta los 1,2 dólares por euro, si bien posteriormente se ha moderado hasta el entorno de 1,18.

Si bien el BCE no persigue un nivel concreto del tipo de cambio, sí evalúa sus efectos sobre las expectativas de inflación. Una apreciación intensa del euro causada por factores externos -y no por una mejora de la economía europea- puede resultar problemática, al restar competitividad a las exportaciones y abaratar las importaciones, lo que tiende a frenar el avance de los precios.

Este escenario adquiere especial relevancia en un contexto de previsiones de inflación muy ajustadas: un 1,9% en 2026, un 1,8% en 2027 y un 2% en 2028. Cualquier revisión a la baja situaría la inflación por debajo del objetivo durante todo el horizonte temporal, comprometiendo la estabilidad de precios.

"Estamos observando con atención la apreciación del euro y sus posibles efectos desinflacionarios", afirmó el gobernador del Banco de Francia, François Villeroy de Galhau, quien subrayó que este factor será determinante para orientar la política monetaria en los próximos meses.

Pese a todo, el Consejo de Gobierno ha optado por mantener la calma y no intervenir por ahora. La mayoría de sus miembros considera que actuar en este momento sería precipitado, ya que la política monetaria necesita conservar margen de maniobra para estimular la economía si la situación se deteriora, y cada decisión tomada ahora reduce el espacio de actuación futura.

"No se trata de reaccionar de forma exagerada ante cada variación de los datos. Lo fundamental es identificar las tendencias y las fuerzas estructurales que configuran la economía", explicó Gediminas Simkus, gobernador del Banco de Lituania, quien admite, no obstante, que el tipo de cambio podría acabar inclinando la balanza hacia una subida o una bajada de los tipos.

Mientras tanto, los mercados financieros ya han ajustado sus expectativas. Los futuros sobre los tipos de interés en la zona euro descuentan ahora un nuevo recorte a lo largo de este año, un giro significativo respecto a hace apenas unos meses, cuando se anticipaba una subida de 25 puntos básicos entre marzo y junio.

"Si el euro continúa apreciándose, podría surgir en algún momento la necesidad de responder desde la política monetaria", reconoció la semana pasada Martin Kocher, gobernador del Banco de Austria. Su declaración resulta especialmente relevante, dado que se le considera uno de los miembros más restrictivos del BCE y habitualmente contrario a una orientación monetaria más flexible.

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