(El Economista, 02-09-2026) | Laboral

Dieciocho años después de la caída de Lehman Brothers, que marcó el comienzo de la Gran Recesión, los jóvenes españoles continúan sufriendo las consecuencias de aquella crisis. Su presencia en el mercado laboral sigue siendo reducida y la tasa de actividad permanece por debajo del 40%, unos 15 puntos porcentuales menos que antes del estallido de la crisis. Aunque este descenso se ha relacionado habitualmente con el aumento de los años dedicados a la formación y la reducción del abandono educativo temprano, un reciente análisis del BCE apunta a un problema de mayor alcance: la menor participación de los jóvenes ha reducido la cantidad de trabajadores disponibles, ha ejercido presión sobre los salarios y puede limitar el potencial de crecimiento económico.

La crisis financiera tuvo un impacto especialmente intenso entre los jóvenes después de los años de expansión asociados a la entrada de España en el euro. El desempleo aumentó de manera significativa, aunque este fenómeno también afectó a otros grupos de edad. La diferencia fundamental estuvo en la evolución de la tasa de actividad de los menores de 25 años, que experimentó un desplome que no se produjo con semejante intensidad entre otros colectivos.

España ya mostraba señales de debilidad en el mercado inmobiliario antes de 2008, pero fue a partir de septiembre de aquel año cuando la situación cambió radicalmente. La incorporación de los jóvenes al mercado laboral es especialmente vulnerable durante las recesiones, pero el problema es que esa participación no suele recuperarse al mismo ritmo cuando la economía vuelve a crecer. Entre el tercer trimestre de 2008 y 2019, la tasa de actividad de los menores de 25 años cayó del 55,2% al entorno del 36%, aunque llegó a alcanzar el 39,9% antes del verano. En 2020, durante la pandemia, descendió hasta un mínimo del 30,1%. De esta forma, se acumularon doce años consecutivos de retrocesos.

Desde entonces se ha producido una recuperación parcial. En el segundo trimestre de 2026, la tasa de actividad juvenil alcanzó el 39,1%, frente al 36,5% registrado durante los tres primeros meses del año. Sin embargo, esta evolución todavía no permite hablar de un cambio de tendencia consolidado. Más que recuperar el terreno perdido, la participación de los jóvenes se ha estabilizado en torno a los niveles de 2019 y continúa muy alejada de los registros anteriores a la crisis financiera.

La evolución general de la tasa de actividad puede ocultar esta transformación. Si se suman las personas ocupadas y las desempleadas que buscan trabajo y se divide el resultado entre la población en edad laboral, el indicador apenas ha variado durante este periodo. Si se excluye a los mayores de 64 años, incluso ha aumentado del 73% al 76%. Incluyendo a este grupo de edad, ha pasado del 60,2% al 59,3%.

Esta aparente estabilidad responde, en buena medida, al desplazamiento de población activa entre generaciones. Mientras los menores de 25 años han reducido su participación, los mayores de 55 años han ganado peso dentro de la fuerza laboral. El cambio supone un reto para aquellas actividades que tradicionalmente han dependido de la incorporación de trabajadores jóvenes y que ahora encuentran mayores dificultades para disponer de este colectivo. Además, una menor participación juvenil puede generar un efecto paradójico sobre las estadísticas de desempleo: reduce el número de personas consideradas paradas sin que necesariamente aumente el número de ocupados. Así, la tasa de paro entre los menores de 25 años fue del 23,4% en el segundo trimestre de 2026, prácticamente en línea con el 23,6% registrado en el mismo periodo de 2008.

Sin embargo, ambos porcentajes esconden realidades diferentes. Actualmente, alrededor del 61% de los jóvenes queda fuera de la población activa que se utiliza para calcular esta tasa, frente a aproximadamente el 45% en 2008. Por ello, la reducción del desempleo juvenil debe interpretarse con cautela: la mejora no responde exclusivamente a la creación de puestos de trabajo, sino también al hecho de que una parte importante de los jóvenes permanece fuera del mercado laboral.

La comparación con otros países europeos refuerza esta preocupación. Los datos de Eurostat muestran que España es una de las economías donde más ha disminuido la tasa de actividad juvenil desde la crisis financiera, solo por detrás de Finlandia e Irlanda. Sin embargo, estos dos países mantienen actualmente tasas próximas al 49%, claramente por encima de la española.

El cambio también se aprecia frente a las principales economías europeas. España ha pasado de situarse por encima de la media comunitaria a quedar claramente por debajo. Alemania mantiene una tasa cercana al 52% y Dinamarca ronda el 70%, mientras que Países Bajos ha elevado la suya desde aproximadamente el 71% hasta el 82%. Estos países, además, presentan algunos de los niveles de desempleo más bajos de la Unión Europea, lo que apunta a que una mayor incorporación juvenil está relacionada con la existencia de mejores oportunidades laborales.

En este contexto cobra especial importancia el estudio elaborado por Corinne Petrakis y David Sondermann para el BCE, centrado en la evolución de la participación laboral en la Unión Europea durante los ciclos económicos. El análisis utiliza microdatos de la Encuesta de Fuerza Laboral de Eurostat y demuestra que las distintas generaciones reaccionan de manera muy diferente ante las crisis, aunque la tasa de actividad agregada permanezca relativamente estable.

Los jóvenes aparecen como el grupo más perjudicado por las recesiones. El impacto no se limita al incremento inicial del desempleo, sino que la salida del mercado laboral puede prolongarse durante una media de ocho años, más del doble que entre otros grupos de trabajadores. En España, este proceso llegó a extenderse durante doce años y todavía no se ha producido una recuperación completa.

Las consecuencias van más allá de las estadísticas de empleo. Los economistas hablan de un efecto cicatriz que puede condicionar las perspectivas profesionales de toda una generación. Los periodos de inactividad o desempleo durante los primeros años de la vida laboral pueden reducir la acumulación de capital humano, dificultar la creación de redes profesionales y complicar el encaje entre trabajadores y empresas.

Esta situación también puede perjudicar a quienes finalmente consiguen incorporarse al mercado laboral. Al disponer de menos experiencia y de una red profesional más limitada, los jóvenes suelen encontrarse entre los primeros colectivos afectados cuando la demanda de trabajo vuelve a debilitarse. Además, quienes consiguen acceder a un empleo durante una recesión pueden sufrir efectos duraderos sobre sus ingresos. El estudio del BCE señala que las penalizaciones salariales pueden prolongarse durante hasta una década, con un impacto especialmente acusado entre los trabajadores con menor nivel educativo.

El problema, por tanto, no termina cuando los jóvenes dejan de ser jóvenes. Los primeros años de la trayectoria profesional son fundamentales para desarrollar capacidades, experiencia y conocimientos. Si durante esa etapa se acumulan largos periodos de desempleo o inactividad, la adquisición de nuevas competencias puede verse frenada y el potencial productivo de estos trabajadores puede deteriorarse durante buena parte de su carrera.

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